Compartir el trabajo en casa

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Licencia atribución CC/Daquella Manera

Vivir en pareja tiene muchas ventajas, aunque de la mayoría de ellas no nos damos cuenta hasta que estamos solas. Una de ellas, es compartir el trabajo en casa. El problema es que no siempre nos organizamos bien y, con frecuencia, acabamos cargando nosotros con todas las tareas de limpieza mientras ellos miran la televisión. Esta sobrecarga, además del trabajo fuera de casa, puede agotarnos, física y mentalmente y, a la larga, deteriorar nuestra relación. Lo que no queremos reconocer muchas veces es que la solución está en nuestras manos.

Tradicionalmente, el hombre ha trabajado fuera de casa y era quien aportaba la mayoría de los ingresos familiares, mientras que la mujer se encargaba de mantener la casa limpia y de criar a los hijos. La situación ha cambiado al incorporarse la mujer al mercado laboral, pero la mentalidad aún permanece en clichés anteriores. Por eso, es muy frecuente que una mujer y un hombre salgan por la mañana a sus respectivos trabajos pero al término de la jornada laboral lo que espera a la mujer en lugar de descanso es otra sesión de tarea con la casa, con los hijos…

Hay algunos hombres que “ayudan”, pero los menos. Los más se desentienden de todas estas faenas, o si lo hacen es porque andamos detrás de ellos insistiendo y poniéndonos pesadas. Y claro, llega un momento en que nos cansamos, porque lo que realmente queremos no es que nos ayuden, sino que se impliquen y que colaboren, que compartan las tareas con nosotras, sin que tengamos que parecer un sargento dando instrucciones. Lo que nos apetece es llegar y que todo esté organizado, que cada uno sepa lo que tiene que hacer en casa, de manera que a la hora de sentarnos a cenar y descansar lo hagamos al mismo tiempo, y no tengamos nada que reprochar.

Muchas de nosotras tenemos que actuar como madres, enseñándoles cómo se hacen las cosas de casa porque ellos no saben hacerlas, y la verdad es que ponen algún interés, pero para ellos siempre está todo limpio y no hay nada que hacer a no ser que la situación sea extrema. El problema es que a veces llegamos tan cansadas que no nos apetece discutir porque no han recogido nada y están tumbados, y lo más fácil es recogerlo nosotras para evitar una pelea. Mal asunto.

A la larga, si nos vamos callando todo lo que nos molesta terminaremos con una zona oscura en nuestro corazón porque no es eso lo que nosotros esperábamos. Realmente quieres a alguien que te ayude a sobrellevar todos los problemas de tu vida, incluidos los domésticos, y que comparta contigo la rutina diaria, que se preocupe por los hijos y la economía del hogar. Así que no puedes callarte, tienes que aclarar ese tema. Teneis que sentaros y hablarlo por las buenas, tienes que hacerle ver que no puedes tú sola con todo porque te está agobiando la situación y es perjudicial para la relación. Sé pesada, insiste. Es la única solución, pero lo vas a agradecer. Más vale una gran pelea que cien pequeñas discusiones infructuosas. Una vez se hayan sentado las reglas que convienen a los dos y se acostumbre a las nuevas normas, no tendrás que volver a renegar cuando llegues a casa y parezca aquello la jaula de los leones…

Por supuesto, están las excepciones. Leerán esto y dirán: “Pues mi marido comparte las tareas e incluso hace más que yo”. Enhorabuena, ¡y díganos cómo lo consiguió!

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